La alimentación ecológica: una aproximación crítica al fenómeno
La
alimentación ecológica es uno de los aspectos más importantes del movimiento
ecologista, que consiste en consumir alimentos sin aditivos artificiales y
químicos. En el caso de las plantas, esto se manifiesta en el uso de productos
únicamente vegetales en lugar de químicos. En el caso de los animales, se evita
el empleo de otros aditivos como ciertas sustancias químicas en lácteos.
Además, se trata de alimentarlos con un pienso adecuado para ellos, por razones
humanitarias.
Este
es uno de los motivos por los que este tipo de alimentación ha triunfado: ha
llegado a crecer más de un 12% en el 2016 en España, según los últimos datos
disponibles. La comida ecológica, al igual que sucedió con el conjunto del
movimiento ecologista, empieza a ser adquirido por unas grandes marcas que han
visto un mercado en alza: así, Amazon se hace con “Whole Foods”, una empresa de
alimentación ecológica. El mercado del ecologismo, que nació en los años
sesenta como reacción a los excesos empresariales del mundo moderno, se ha
convertido en un producto más.
Sin
embargo, el ecologismo no es la única razón por la que estos productos
triunfan: también resulta importante destacar la creciente preocupación por los
alimentos. A comienzos del siglo XXI, surgió una histeria respecto a la mala
alimentación procedente de las grandes cadenas y de los restaurantes de comida
rápida, con el documental “Super Size Me” como ejemplo de ello. Esto hizo que
muchas personas volvieran a la alimentación tradicional de sus abuelos en un
intento de mejorar su salud.
Esto
podría no ser tan buena idea: no hay estudios concluyentes que demuestren que
el uso de químicos y transgénicos es perjudicial para la salud. Dado que están
sujetos a los mismos controles de calidad, estos son tan seguros como los
alimentos convencionales, pero no necesariamente mejores: se ha comprobado que
los estudios a favor de los alimentos ecológicos no siempre son imparciales,
porque a veces dependen de asociaciones ecologistas.
En
cuanto a la comunicación, organizaciones dedicadas a la alimentación ecológica
como Slow Food han conseguido desarrollar su propio equipo. Más que dirigirse
al gran público, que no suele conocer estas iniciativas, se dirige a
instituciones como la Unión Europea. Han conseguido que esta certifique los
productos ecológicos si estos cumplen una serie de requisitos, algo que supone
un genial movimiento de marketing: contar con el respaldo de una institución
pública que abarca a tantos países. Sin embargo, los profesionales se han
adelantado a estos nuevos empresarios: de este modo, marcas como Carrefour ya
han creado su etiqueta “Bio”. Por un fallo de comunicación, se ha fracasado en
uno de los objetivos de la comida ecológica: evitar la dependencia de las
grandes cadenas, que ya se han adaptado.
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