El Museo Arqueológico Nacional y el dinero


Nos levantamos pronto para conseguirlo. Vamos a trabajos que no nos gustan para tener un poco más, y estamos sentados delante de un profesor durante horas porque quizás tengamos más posibilidades de amasarlo en el futuro. Estoy hablando del dinero, pieza fundamental de toda civilización. Tanto, que el Museo Arqueológico Nacional le ha dedicado la planta de numismática. En esta, se estudia la moneda como muestra importante de la vida de España y del mundo a lo largo de toda su historia.


Si queremos el dinero, es para tener otras cosas, como comida o ropa. Por eso, el dinero como tal no siempre ha existido en todas las sociedades: como explican los textos del museo, al principio se utilizaba el ganado o pecunia como moneda, sin necesidad de utilizar un intermediario. Sin embargo, pronto se utilizó como método de simplificar el intercambio de bienes, desde las primeras monedas íberas hasta la concurrencia del Imperio Romano. 

Al principio, su valor se basaba en los materiales con los que estaban fabricadas, desde el cobre hasta el oro. Cuanto más raro y preciosa era un material, más valiosa era la moneda. Las piezas expuestas, con el rostro de los distintos emperadores romanos como Claudio II o de otros dirigentes como Alejandro Magno, nos muestran que el dinero empezó a rodearse de significados que iban más allá del valor de sus materias primas. Aunque seguían manteniendo ese valor más básico, el de los metales preciosos, pronto se adornaron con símbolos de ciudades o países, como la lechuza de Atenas. Dada su importancia y abundancia en la vida pública, es comprensible que los responsables de las monedas hicieran esto. Estas piezas se convirtieron en los embajadores perfectos… y también los colonizadores.
Por la importancia que adquirió el dinero como representación de bienes, precisamente, pronto se utilizaron mecanismos como la pesa dineral, réplicas de menor valor para comprobar el peso de las monedas. Además, aunque el dinero era por sí mismo la representación de un valor real, pronto empezaron a surgir representaciones del dinero como prueba de las monedas que se han gastado: se trata, por ejemplo, de las entradas de teatro o de las fichas de los casinos, que van desde Bangkok hasta Madrid, como demuestran las muestras expuestas en el Museo Arqueológico.


Esto suponía una muestra de confianza y, precisamente, los bancos y prestamistas surgieron basándose en la necesidad de almacenar el dinero, y convirtiendo a la confianza en un factor fundamental en el intercambio de bienes. Así, los cheques y el papel moneda fueron sustituyendo, por comodidad, a las monedas fabricadas con materiales raros, igual que estas habían sustituido al mero intercambio de bienes en la Antigüedad. En el Museo podemos ver cómo los billetes han seguido manteniendo el rostro de los dirigentes, en una muestra de poder.
Este proceso ha terminado con el abandono del patrón oro en favor del patrón fiduciario. Quizás, en el futuro, el Museo Arqueológico tenga que exponer tarjetas de crédito, porque la confianza vale hoy más que los bueyes o los metales preciosos.

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